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El Lleras, un lugar de contrastes

DAHYANA ANDREA BETANCUR, ERIKA MUNERA OTALVARO



Entre botellas de cervezas y cigarrillos en las manos, las personas esperaban el sábado cinco de marzo, el momento oportuno para reunirse con sus amigos. Otros como Nelson Ortiz se deleitaban con el tequila: lo acercaba a su boca, sentía su aroma al mover la copa que tenía entre sus manos y al hacerlo por tercera vez se lo tomó de inmediato por el fuerte sabor que éste impregnaba en sus labios, y al dejar una sensación amarga que le hacía fuego en su garganta llevó un limón a su boca para apaciguarlo y convertirlo en  un exquisito trago.

 
Siendo las doce de la noche, el guarda de tránsito se encontraba parado en una esquina diagonal a Orleans, intentando descongestionar con su pito la cantidad de vehículos que estacionaban su carro en el parque. Las personas desesperadas por dialogar y encontrarse con sus amigos parqueaban incluso, en la zona especial de discapacitados sin importarles las consecuencias que traería consigo; otros intentaban comprender la posición del personal del tránsito, escuchando las indicaciones de los lugares estratégicos para parquear.
 

Grupos de amigos, parejas y artesanos rodeaban el parque sentados en las escalas y en las orillas de los árboles; mientras otros bailaban en el centro del parque, disfrutando el sonido que llegaba a sus oídos la mezcla de la música de los bares que los envolvían. Muchos por su alegría, entusiasmo y sencillez lograban integrarse con facilidad a otros grupos que no conocían, convirtiéndose en una amena y grata compañía que los hacía sentir como si ya se conocieran desde mucho antes.

Ojos claros, piel blanca, cabello rubio, altos, bajos y con acento extranjero, resaltaban  a simple vista japoneses, coreanos y norteamericanos lucían esa noche por su presencia dado que encuentran en el lugar un sitio tranquilo en el cual pueden disfrutar de la compañía de su grupo cercano de amigos y así mismo buscan conocer jóvenes paisas con las cuales puedan aprender y entender la cultura de Medellín; teniendo así una libertad inigualable y una experiencia inusitada por ser diferente a lo que ofrece en su país.

 
Botellas y latas de cervezas que se encontraban en diferentes puntos del parque habían sido dejadas luego de ser tomadas por las diferentes personas que congregaban el parque, permitiendo que recicladores como “Elkin Córdoba” fuera recogiendo constantemente en su costal rojo durante largas horas de la noche,  los envases que fueron abandonados por aquellos seres que no le encontraron valor, comparado a la necesidad que para éste representa  el hecho de poder venderlos y de este modo buscar el sustento para él y su familia.

Sentado en el parque, disfrutando de la tranquilidad de los árboles y de la serenidad de la noche que lo envolvía, se encontraba Héctor Hernán Arroyave, trabajador de Empresas Varias, disfrutando de su media hora de descanso. Con un cigarrillo en la mano y con un termo lleno de café, se observaba la variedad de personas que allí estaban. Cerca de las cuatro de la mañana este hombre esperaba que poco a poco las personas se fueran dispersando y así pudiera realizar su labor de limpieza.
 

La noche fue interrumpida por gotas de agua que caían lentamente haciendo que la gente se fuera del parque, las voces que en un momento dado ensordecían ya no se escuchaban,  y los pocos que quedaban se fueron opacando por el frio que se estaba impregnando en su piel.

07 de Marzo de 2011



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